Batalla en la cumbre
Febrero 28, 2010
Esta vez, esa discusión con el presidente Uribe ha podido manejarse con discreción, sin el escándalo mediático, sin la publicidad
Por más que sea, señor Presidente, esto de verlo otra vez enredado en una escenita internacional empieza a ser incómodo. Da como vainita. Más allá de estar en contra o a favor de su gobierno. No se trata de bandos sino de orgullo. Usted ahí representa al país. Y ya todos sabemos más o menos cómo es la cosa. A usted le gusta hablar, cantar, echar broma; tiene su rutina bien ensayada: se hace el improvisado, finge que olvida cosas o que no sabe cómo se pronuncia una palabra en inglés, actúa como si viviera sin libreto… pero lo de las peleítas es distinto. No es pintoresco. Es violento. Avergüenza. No sé si me explico. Es como ver a Dudamel dirigiendo una orquesta en Varsovia, pero al revés. De pronto, algo se nos arruga en la identidad.
Le juro que no se trata de un asunto de pacatería. Para nada. Me parece, más bien, que poco a poco, y por suerte, se ha ido deshaciendo la pompa artificial, la solemnidad con que el poder ejecutaba este tipo de actos y de reuniones.
No sé si se dio cuenta: la mayoría de sus colegas se visten con guayaberas. Sí, sí. El único que estaba en traje de campaña era usted. Se lo digo porque, quizás, a los ojos de algún extranjero desprevenido esa imagen sorprende un poco. Es una estampa más violenta. Le da a usted un aire de maniobra, de ataque y de contraataque. Como si estuviera ahí por haber ganado guerras y no por haber ganado elecciones.
Con esto tampoco pretendo decir que las cumbres internacionales tienen que ser unas piyamadas. No. Por supuesto que puede haber diferencias y conflictos. De eso se trata la diversidad. Pero todo tiene sus maneras y sus formas. Todo tiene su espacio, su momento. Esta vez, esa discusión con el presidente Uribe ha podido manejarse con discreción, sin el escándalo mediático, sin la publicidad que casi termina por opacar todo el evento. De hecho, cuando se dio la confrontación, no había cámaras, no estaban presentes los periodistas. Alguien habló, soltó el rumor, pero eso se podía administrar perfectamente, sin darle importancia. Su gobierno lo ha hecho durante años con las cifras de inseguridad en el país, por ejemplo.
Nosotros lo sabemos: usted puede hacerlo. Usted también sabe callar.
Pongamos que sí, que el Presidente colombiano perdió los tapones y se volvió loco. Pongamos que lo interrumpió, que no lo dejaba hablar, que manoteó. Está bien. Todo eso es reprochable. Pero de ahí a que usted, tan verde oliva y tan comandante, salga a decirle a la periodista de CNN que Uribe lo estaba provocando, que casi lo agrede, que si no es por la mesa y por los amigos, se le viene encima y lo desbarata, el comentario luce, por lo menos, fuera de tono.
Piense un momento en nosotros. Usted sabe cómo somos los hijos de Bolívar: ¡Ay, sí! ¡Uribe! ¡Con ese tamañote! Seguro que más de uno pronunció esas palabras hacia adentro, con toda la ironía del caso, comiéndose la risa y las vocales.
Créame, Presidente. No tenía sentido. Porque, además, todo era para explicarle a la periodista que fue usted el duro, el irreductible, el combativo quien le dijo “vete al carajo” al Presidente colombiano. Bueeeeeno… De sinceridad: tampoco es tanto.
Tampoco es que ¡Uy! ¡Qué susto! Sobre todo porque usted ya había cantado esa canción de José José, suspirando sobre la ola que golpea la piedra, diciendo que usted también es el último romántico, un marxista con rockola, un corazón de carne y hueso. Sobre todo porque, después, también, usted mismo confesó que un poco más tarde ambos se cruzaron. Los dos solos, en el baño. Usted y Uribe. Pero se miraron de ladito. No se dijeron nadita.
Todo suena raro, ¿verdad? Si me lo permite, con todo respeto, yo creo que muchos estamos teniendo con usted una gran avería en la hermenéutica. Cada vez nos cuesta más interpretar sus palabras, lo que dice. Algunos piensan que hablar de atrás para adelante es una genialidad. Que el absurdo es, en el fondo, una calculadísima estrategia de recontrainteligencia suya. Pero sospecho que la gran mayoría, aquí y afuera, cada vez lo entiende menos. Porque lo más difícil de esta batalla en la cumbre, Presidente, es el resumen, es la conclusión. Después de pasar meses gritándole al mundo que Uribe es la cagarruta del imperio, después de llamarlo mafioso, narcotraficante, paramilitar; después de soltarle una grosería públicamente en México, después de todo, al final, resulta que sí, que usted se quiere reunir con Uribe, que desea restablecer las relaciones en un clima de paz y de respeto y un largo blablablá con lacito y con sonrisas. ¿Y entonces? ¿Adónde carajo se mete usted ahora las bases norteamericanas?
abarrera60@gmail.com
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