Adorables mentiras
Febrero 28, 2010
La muerte de Orlando Zapata, el activista de los derechos humanos preso desde 2003 en una cárcel cubana, no es otra cosa que, para usar la expresión popular, “una raya más pa’ un tigre”. Y la respuesta oficial de hacer culpable a Estados Unidos, una más de las “adorables mentiras” con las que el régimen cubano transfiere a Estados Unidos la responsabilidad de todo lo malo que ocurre en su país.
Zapata es uno más en la larga lista de asesinatos, encarcelamientos, exilios políticos, limpiezas ideológicas y chantajes laborales sobre los que se ha edificado uno de los más crueles, intolerantes y perversos regímenes que haya conocido América Latina en su historia reciente.
No es el primer disidente que muere en Cuba a consecuencia de una huelga de hambre. Ni el único condenado a 30 años de prisión y torturado por razones políticas.
Es uno más. Pero Raúl Castro explica, como si nada, que la verdadera causa de su muerte no fueron la larga sentencia a la que injustamente se le condenó, ni la huelga de hambre con la que protestaba contra las infames condiciones de prisión. No. Según los Castro, la causa de la muerte de Zapata fueron “las malas juntas” con Estados Unidos. Típico razonamiento totalitario: “Si no hubieses conspirado, hijo mío, todavía estarías vivo”.
A los Castro, el original y la copia, no les cuesta nada, exactamente nada, pronunciar éste o cualquier otro pretexto.
Porque el régimen cubano se sustenta básicamente sobre la mentira. Y la gente común, los ciudadanos, han aprendido a convivir con ella y a usarla para sobrevivir. Toda Cuba cuyos gobernantes tienen en el lugar del corazón un inmenso rollo de alambre de púa con el que intentan rodear el aire de la isla para que nadie más huya funciona por y bajo la mentira.
Es lo que trató de demostrar el cineasta Gerardo Chijona, hace ya unos cuantos años, cuando, por uno de esos descuidos de los comisarios culturales, filmó una película efectivamente titulada Adorables mentiras. El tema era muy sencillo: un actor de segunda se hace pasar por director de cine para “levantarse” a una chica cualquiera que se hace pasar por actriz cuando su oficio real es ser amante de un alto funcionario del Partido Comunista cubano quien, a su vez, se hace pasar por hombre austero, honesto y comprometido con la “causa del pueblo”, pero cada vez que viaja fuera del país regresa cargado de costosos equipos de sonido que en Cuba, ni en sueños, los mortales comunes pueden adquirir.
El film, estrenado en 1992, es una saga de engaños, y una metáfora del país, porque, como bien decía la sinopsis promocional, “todos los personajes actúan no como son, sino como quisieran ser”. El único personaje creíble es una jinetera (las prostitutas engendradas por la revolución) que le dice a su amiga en un apartamento de La Habana Vieja algo así como: “Manita, cada vez que yo escucho a Fidel decir que en Cuba no hay prostitución, es que me dan ganas de tirarme por el balcón”.
Confieso que, sin ser cubano, a mí también. No sólo por todo el régimen de estricta vigilancia hasta de la intimidad personal que me correspondió presenciar y por las tristes historias de amigos chantajeados en numerosos viajes y en las dos oportunidades que permanecí en la isla por varias semanas. Sino por el incomprensible hechizo que el régimen cubano y sus mentiras ejerce sobre gentes que no tolerarían jamás que en sus países de origen se practicara la misma persecución de la que son víctimas aquellas personas que expresan el más simple motivo de disidencia con el evangelio de Fidel.
Que Orlando Zapata haya muerto el mismo día en que el presidente Lula Da Silva jugueteaba con Fidel imbuido en su ropaje Nike, y un día después de que los presidentes electos de América Latina recibían en Cancún, en igualdad de condiciones, a Raúl Castro, un hijito de su hermano, que como los reyes ejerce la Presidencia de su país por razones de linaje y no por votación secreta y universal, es un inmenso dedo acusador que se levanta sobre el mar Caribe señalando la hipocresía alcahueta de un grupo de gobernantes que, a fuerza de querer distanciarse de Estados Unidos, son capaces de sumirse en el más triste y extenso silencio cómplice ante el horror.
hernandezmontenegro@cantv.net
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